Ahora que ya habéis visto los principales ritos funerarios de los Toraja, ya os podemos llevar de ruta por los lugares de enterramiento con este mapa casi deshecho que usamos para orientarnos 😅
Empezemos por los nichos en la roca. Y qué mejor que empezar desde dentro del primero que vimos en Lo'ko Mata. ¿Os atrevéis?
Otro ejemplo son los de Lemo, donde además mi madre y yo nos vestimos como para ir de boda:
Una variante de estos son los ataúdes colgantes, que están sujetos a la roca de la montaña. Diego os explica en este vídeo en Tampang Allo los distintos tipos de ataúdes según sus formas: búfalo, cerdo, barco, dragón y el cuadrado simple:
Podemos seguir con los enterramientos bajo gigantescos monolitos, como este que os enseña Diego en Deri'. Imaginaos el esfuerzo para erigirlos y la matanza de búfalos de la que estamos hablando, cuya sangre se vertió bajo la roca...
El cementerio megalítico de Rante Karassik es un oasis de paz en medio de la ciudad de Rantepao.
Como ya habéis visto en el Ma'nene, los toraja también tienen mausoleos, unas casas a veces cercanas a las viviendas que tienen dentro los ataúdes y, por fuera, las fotos de los fallecidos. Como ya lo habíais visto, aprovecho para que Diego os explique, no el más bonito, sino el más variado lugar de enterramientos Toraja que hemos visto: Kete Kesu.
Además allí pudimos ver cómo eran las antiguas cocinas y retretes de los tongkonan. A ver si sabéis cuál es cuál en la foto, porque están juntitas 😅
También allí vimos cómo tallaba un carpintero los fabulosos diseños decorativos de las casas.
Y por último, os queremos mostrar los que más nos han impresionado, los nichos específicos para bebés, tallados en un árbol. Son solo para bebés muy pequeños: no pueden ser "enterrados" así los niños a los que ya les haya salido algún diente. El ritual de enterramiento se realiza por la noche y no se sacrifican búfalos porque se considera que el bebé sigue "viviendo" con la savia del árbol: por eso tiene que ser un árbol cercano a la casa familiar. Solo cuando el árbol muere y cae se considera que el niño finalmente va al paraíso (puya). Me recuerda a otras tradiciones africanas para aliviar un poco el dolor de los padres que pierden a un hijo tan pronto, como queriendo retrasar la tan dolorosa despedida definitiva...
Pero para que no todo sean tumbas me despido con los otros protagonistas de la vida Toraja, los gallos que nos despiertan todas las mañanas a las cinco de la mañana pero que también se usaban antiguamente para resolver disputas entre vecinos. En vez de pelearse ellos, que se peleen sus gallos. Aquí pudimos ver una prueba de la destreza de los gallos que hacían en el mercado para venderlos.
Así que, esperando que a vosotros no os despierten los gallos, ¡nos vemos en la próxima entrada!
Toraja significa "hombres de las montañas" porque así los llamaban los Bugineses, los habitantes de la costa del sur de Célebes/Sulawesi. Tana Toraja es su territorio.
Las montañas son espectaculares, salpicadas de terrazas para el cultivo de arroz, cada una con un búfalo casi inmóvil en plena simbiosis con sus inseparables garzas y con el resto del paisaje. Búfalos que además se venden y compran en un pintoresco mercado semanal. Pero no es por esto por lo que hemos venido hasta aquí.
Los Toraja tienen historia de fieros guerreros cazadores de cabezas, fama de vigorosos en muchos sentidos y con interesantes rituales celebrando la vida. Son los que miran hacia el este, desde sus magníficas casas cuyo techo parece un barco (las famosas tongkonan) y que tienen enfrente los preciosos hórreos/graneros para el arroz (alang) con arquitectura similar a las casas y entre cuyos pilares se produce la entretenida vida social. Pero sólo por esto tampoco habríamos emprendido el largo viaje hasta aquí.
Después de años de cristianización en que han desaparecido otros aspectos de su cultura, hay uno que no deja indiferente a nadie: sus ritos funerarios, su especial relación con la muerte. Mientras en occidente escondemos la muerte en hospitales y bajo mármol blanco, aquí la muerte sale del armario y nos mira cara a cara.
Por simplificar, digamos que hay tres ritos funerarios fundamentales: el velatorio en casa (que puede alargarse durante años), el funeral (con muchas formas distintas de enterramiento) y el ma'nene, dos o tres años después del funeral que es lo que produce más choque cultural.
El "velatorio" tiene lugar en la habitación sur de la casa/tongkonan.
Acostumbrados a externalizar la muerte, nos cuesta imaginar tener durante días, meses o años en una habitación de la casa a un familiar fallecido ("enfermo" dicen ellos, porque hasta el funeral no está realmente muerto), pero así es. Hasta que consigan reunir a toda la familia, el dinero para los búfalos (si no, puede que no hereden los campos de arroz del fallecido), etc, en casa se queda.
El funeral (Rambu Solo) propiamente dicho dura cuatro días y tienen que preparar unas estructuras temporales de bambú para los invitados y una torre para colocar el ataud hasta enterrarlo en su lugar definitivo (mausoleo, nicho en la roca, bajo un monolito, etc). A las bodas solo pueden venir las personas invitadas, pero al funeral puede ir todo el mundo (cuantos más asistentes, más honorable) y es también una forma de redistribución de la riqueza, porque al final se reparte la carne de los búfalos sacrificados entre la gente del pueblo. Pero fundamentalmente se trata de acompañar a la persona fallecida para que llegue al paraíso (puya).
El que estuvimos nosotros empezó con un sermón de un sacerdote protestante (que habló con cuerta guasa de los hombres que usaban magia negra para que las mujeres se enamoraran de ellos y las mujeres que usaban magia blanca para protegerse), pero luego dirigía el resto del rito el sacerdote tradicional (to minaa) vestido de rojo.
Fue una maravilla poder vivirlo acompañados de la familia, sobre todo de una nieta que se aseguró de que estuviéramos a gusto en todo momento.
El cuerpo es trasladado en un palanquín que recuerda a los graneros de arroz - de hecho se llama como ellos, pero repitiendo el nombre: alang-alang. Los hórreos, orientados hacia el sur en vez de al norte, contenedores no solo de los granos de arroz de la cosecha anterior sino tambien de las semillas de la siguiente (y, anteriormente, de las cabezas de los enemigos), son un "mediador" entre la vida y la muerte. Al menos eso dice el Nigel Barley (autor del magnífico Un antropólogo inocente) en este libro que os recomiendo si os interesa el tema.
Por último, dos o tres años después realizan el famoso Ma'nene. Sacan a los muertos de los ataúdes, les quitan la ropa, los limpian y les ponen ropa nueva. Después de eso, interactúan un poco con ellos de una forma lúdica, se sacan fotos y vuelven a meterlos en el ataud y en el lugar de enterramiento. Me recuerda un poco al cuidado con el que mi madre mantiene limpia y con flores o plantas frescas la tumba de mi padre.
Pero lo que sorprende, además de que dejen a turistas estar en un momento tan íntimo, es que dejen a los niños estar presentes en todo momento (había uno acariciando la ropa de otro niño fallecido) y que, aunque había una niña llorando en la primera parte, una vez vestidos con ropa limpia, el ambiente es lúdico, de recuerdo y de celebración de la vida, como si no fuera un cuerpo momificado y fallecido hace treinta años con el que te estuvieras sacando la foto.
Pero mejor que lo veáis vosotros mismos y hagáis vuestras propias reflexiones:
Los lugares de enterramiento los dejo para otra entrada, que seguro que esta, si habéis visto los vídeos, ya os ha dado suficiente que pensar.
Lo que queda claro es que en todas las culturas, el cariño por nuestros seres queridos no termina con la muerte.
Después de celebrar la independencia de Indonesia en Yakarta (isla de Java), cogimos el vuelo a Labuan Bajo en la isla de Flores (que os sonará, además de por el terremoto que acaban de sufrir en el otro extremo de la isla, porque vimos los restos del llamado "hobbit" u hombre de Flores).
Labuan Bajo no tiene mucho encanto, pero aunque el objetivo era llegar al parque natural de Komodo para intentar ver al lagarto más grande del mundo, mi madre y yo aprovechamos a darnos un masajito para recuperar energías y luego nos reunimos con Diego en el mercado de pescado. Allí vas pasando por puestecitos con pescados de todos los colores a la vista, eliges el que quieres y te lo cocinan. Aquí podéis ver cómo mi madre se desenvuelve con tecnología digital (apuntando con el dedo) :-)
Finalmente escogimos el que nos pareció más exótico, de un azul tornasolado espectacular y, mientras esperábamos que lo cocinasen preguntamos a la IA qué era eso tan delicioso que nos íbamos a comer y nos sorprendió diciendo que no era recomendable comer pez loro porque podía tener toxinas. Acojonados preguntamos a la pescatera que nos dijo que estaba 100% segura que no había problema. Comprobamos que no había habido ningún caso reportado en Labuan Bajo y escogimos hacer caso a la inteligencia humana en vez de a la artificial y no dejamos ni las raspas 😅 (y ya hemos pasado el periodo en que podía dar síntomas, así que tranquilos).
La mañana siguiente llegamos al barco en que íbamos a partir a la aventura de dos días y una noche en Komodo. Muy "cómodo" para dos no era el camarote, y nos saludaban desde otros barcos más pijos como con condescendecia "Ciao poveri!" parecía que nos decían según una madre italiana que viajaba con nosotros, pero en cuanto zarpamos y cogimos posiciones en el piso de arriba, las vistas eran espectaculares e incluso al día siguiente vinieron a jugar con nosotros... ¡delfines!
Pero no nos adelantemos. La primera parada fue la isla de Kelor, donde nos propusieron una casi escalada descalzos a un risco que subimos sólo lo necesario para convencer a mi madre que estábamos mejor en la playa... ¡de los tiburones! En realidad eran tiburones mini, pero había un montón y los veías aunque el agua te llegara sólo por las rodillas. Además también había corales y peces que te daban mordisquitos (los tiburones no, otros). Pero lo mejor fue que el primer intento de snorkel de mi madre fue tan divertido que casi no nos podemos poner de pie en el agua de la risa.
Luego paramos para hacer snorkel en alta mar en un punto llamado Manjarite. Ahí ya mi madre decidió quedarse en el barco, pero los colores de los corales y los peces me parecían más brillantes que en la barrera de coral australiana. Vimos por ejemplo algún familiar del pez loro que nos habíamos cenado la noche anterior 😅
Y nuestra última parada del día fue en la isla de Kalong para ver un atardecer espectacular y... ¡murciélagos-zorro! La verdad es que a esa distancia apenas se distinguían, así que lo más curioso era la cantidad de barcos que estábamos ahí parados para ver murciélagos.
La mañana siguiente empezó muy temprano desembarcando en la isla de Padar para subir unas escaleras y ver amanecer. Nos paramos un poco antes de la cima porque estábamos cansados, pero tuvo la ventaja de verlo sin aglomeración de gente y acompañados por... ¡una familia de ciervos! Fue un momento mágico y totalmente inesperado, como veis en el vídeo.
Después de desayunar fuimos a la "Playa rosa" cuyas arenas son efectivamente de ese color y se veían todavía mejor los corales y nuestra primera tortuga marina 🩷
Y ya llegamos al momento cumbre de esta aventura, al pueblo de Komodo, en la isla de Komodo, para ver sus famosos dragones. Empezamos la marcha con una pequeña subida en la que el guía le dejó a mi madre la vara para defenderse si veíamos uno, así que ahora nuestra seguridad dependía de ella. Y, nada más llegar a una loma, bajo un árbol a nuestra izquierda allí estaba un dragón macho esperando alguna presa despistada. Nos habían avisado que no podíamos acercarnos más de 5 metros y que no podíamos tirarles nada para no provocarnos. Pero en cuanto lo vimos, el guía preguntó ¿Quién quiere una foto? Y, hombre, querer queríamos. Y si se deja acariciar el lomo... 😅
Evidentemente estábamos más lejos de lo que parece, pero no a cinco metros. Después del primero vimos otros seis, allí plantados en el camino, así que ya no nos impresionaban mucho sus 2-3 metros de longitud, salvo uno que ya hacía seis semanas que no comía y empezaba a tener hambre. Cuando tienen hambre se comen hasta las crías de otros dragones y por eso los jóvenes se suben a los árboles, así que aunque no lo pareciera, mejor tener cuidadín.
Y de ahí, ya de postre, nos fuimos de snorkel e intentamos ver las Mantarrayas, pero como empezó a llover ya se habían ido. Es una pena, pero así tenemos una excusa para volver.
Ya estábamos preparados para las dos horitas de plácida navegación de vuelta a Labuan Bajo cuando a la lluvia le acompañó el viento y empezó a encresparse un poco el mar. No mucho, pero lo suficiente para que un niño italiano se pusiera a llorar, mi madre a vomitar y hubiera que achicar el agua. Como por arte de magia, apareció un chino en una barca con un motor, lo subió al barco y con dos tubos enormes achicó toda el agua y desapareció como había venido. Xiexie!
Después de eso y con el mar ya en calma llegamos sanos y salvos a Labuan Bajo y lo celebramos en el mercado de pescado con un buen mahi-mahi (un tipo de atún), esta vez aprobado por la IA :-) y nos fuimos a dormir como bebés.
Hoy ya hemos cogido un vuelo hacia Makasar (isla de Célebes o Sulawesi para los anglófonos) y mientras despegábamos, la italiana sentada a mi lado me pregunta "¿Notasteis el terremoto?"
¿Pero cuándo? -pregunto yo- Anteanoche -me responde. Pues por suerte estábamos durmiendo tranquilamente en el mar de Flores...
Y, familia, ya estamos volando fuera de peligro hacia la fascinante tribu de los Tana Toraja, así que no os preocupéis 😅
Hola, familia y amigos. Aunque el viaje empezó con malas noticias (el terremoto en la isla de Flores en el que lamentablemente fallecieron 68 personas) y con una carrera en el aeropuerto de Doha, nada más llegar a Yakarta dejamos las maletas en el hotel y salimos a explorar la ciudad.
La primera impresión -aparte del pegajoso calor húmedo y la contaminación-, fue que, para lo cerca que estábamos del centro había bastante suciedad (callejuelas irregulares sin espacio para peatones, basura por el suelo y puestos callejeros saludándote con el crepitar y el olor de la fritanga).
Pero en cuanto hablamos con algunos indonesios, por ejemplo para enterarnos que el Monas (la antorcha gigantesca que es su monumento nacional) estaba cerrado por la preparación del día de la independencia, ya mejoró nuestra percepción. Y justo a tiempo, porque unos estudiantes de instituto me entrevistaron para un trabajo de clase :-)
Por cierto, entrar en la plaza Merdeka (ya sé a qué suena el nombre, pero significa "Independencia"), con este calor y esas calesas de caballos que véis en la foto, era como pasear por el centro de Sevilla 🤭
Como estaba cerrado, estrenamos Gojek, la app de taxis, y nos fuimos a Kota Tua, el "centro" de la antigua Batavia durante la colonización holandesa. El primer día, en Kota Tua vimos sólo el museo de las marionetas (wayang) que usan para el teatro de sombras, porque teníamos que salir pitando si queríamos llegar al Museo Nacional.
¿Y por qué no nos queríamos perder ese museo? Pues porque allí estaban esperándonos los huesos del "hombre de Java", los primeros encontrados de la especie que luego se llamaría Homo erectus erectus.
Y quizás igual de famosos son las versiones pequeñas de hombres ("hombre de Flores") y elefantes (Stegodon trigonocephalus) y una de las primeras pinturas rupestres figurativas en las que, además, podemos ver teriántropos (figuras que combinan características humanas y animales) en una escena de caza. ¡Flipante!
Pero no nos quedemos en la Prehistoria. En el museo recorrimos a toda prisa las raíces del culto a los antepasados, del hinduísmo-budismo y el Islam que nutren este caleidoscópico archipiélago de islas y creencias que es Indonesia...
Y quizás la mejor muestra de la fusión de esas tradiciones y de la traumática historia de colonialismo y lucha por la independencia, sea este Gunungan (la "marioneta" con forma de montaña o árbol de la vida que representa todo el cosmos y se usa para marcar el inicio y fin de la obra, los cambios de escena o elementos de la naturaleza):
En este caso vemos a un toro salvaje "banteng" (el pueblo javanés/indonesio) luchando contra un tigre (el colonizador europeo neerlandés). Este Gunungan se usaba en representaciones de wayang en tiempos coloniales para insuflar este mensaje de rebeldía.
De hecho Sukarno, el que llegó a ser primer presidente de Indonesia dijo: «Indonesia es como un banteng; se le puede guiar pacíficamente, pero una vez que se levanta furioso, ninguna cadena colonial lo puede detener».
Y ahora, inspirados por la figura de Sukarno y su "Proclamasi" de independencia en 1945 (hace 81 años) con una bandera cosida a retales por su mujer (aunque para la independencia real de 1949 hubo que coser muchas más heridas), venid con nosotros para intentar llegar, tras un día buscando los vestigios de la antigua Batavia, a la plaza Merdeka donde nos espera Prabowo Subianto, el actual presidente de Indonesia.
Antes de quedarme dormido, quiero que os hagáis una idea de la influencia de Sukarno 81 años después. Para eso, basta con que no acerquemos a las seis de la tarde a un punto entre la mezquita y la catedral de Yakarta, que se miran la una a la otra como si estuvieran conversando amigablemente entre ellas, y nos paremos a escuchar...
La idea de ir a ver los Doce Apóstoles en nuestro último día completo en Australia surgió en torno a una botella de moscato etiquetada como "El unicornio viejo y gordo" sobre la imagen de un rinoceronte en la maravillosa casa de Alicia, una amiga de Sam en Ballarat.
Apartamos un poco la botella y los postres para extender el mapa de Lonely Planet con los 100 lugares del mundo que no te puedes perder. Para sorpresa de algunos australianos, uno de ellos es/son los Doce Apóstoles y estaban a solo dos horas de Ballarat así que, literalmente, "no nos lo podíamos perder".
El padre de Sam sugurió que paráramos antes en el bosque de Otway así que ya teníamos el plan. No contábamos de que esa mañana amaneció diluviando como la mitad de los días en Ballarat, pero no nos desanimamos. Como dicen aquí, "si no te gusta el tiempo, espera dos horas que seguro que cambia".
Pero cuando llegamos al bosque de Otway seguía lloviendo así que dudamos si entrar o no. Por suerte decidimos entrar porque fue simplemente im-presionante. Cuando paraba de llover los troncos semipelados de estos eucaliptos gigantescos refulgían para nosotros a modo de saludo. La pasarela para caminar casi por las copas de los árboles te deja sin palabras. Y si quieres acercarte un poco más al cielo, te ponen una torre. ¿Os animáis a subir?
https://youtu.be/78mIX0vshqM?si=9lN7GvHrkGBSOrc1
Para los que tengáisun poco de vértigo Sam os explica cómo andar por rsa pasarela sin mirar mucho hacia abajo 😅
https://youtu.be/i-g3VLAlkm4?si=8MSAxy7wve9IlNpc
Además de los eucaliptos, los helechos también son enormes así que podemos ver cómo se desperezan y despliegan sus enormes ramas.
Y, vistos desde arriba, cómo cubren todo el suelo con sus formas geométricas ocultando incluso el río 🤭
Pero no tenemos tiempo para entretenernos así que comemos a toda prisa mientras nos secamos un poco para llegar a los Doce Apóstoles antes del atardecer. Primero por poder contemplar a la luz del atardecer esta obra de arte que la erosión lleva cinco millones de años perfeccionando y segundo porque después del atardecer igual podemos ver... ¡pingüinos!
Pero no nos adelantemos porque de momento ha vuelto a llover y sigue haciéndolo hasta que llegamos a los Doce Apóstoles. Quizás por haber presentado siempre mentalmente nuestros respetos a los propietarios tradicionales de cada territorio por el que pasábamos, los espíritus sin boca que pueden desencadenar las más terribles tempestades se apuadaron de nosotros y, justo cuando llegamos, apartaron las nubes y dejaron caer sobre nosotros los tan deseados rayos de sol.
Menos mal porque, aunque no sean doce, los Apóstoles son un espectáculo de curvas, estratos, puntos de fuga y un festival de tonos dorados y de ocres que parecen bailar al ritmo del bramido de las olas que continuan cincelando cada macizo de roca.
https://youtu.be/UtEHOKakauY?si=oQftQOw_9gnHkNHv
Todavía quedaba un ratito para el atardecer así que, aprovechando que habíamos traído prismáticos, me dedique a perderme con la mirada por los contornos de cada roca hasta que de pronto vi... ¡un pingüino! 🐧 (La foto es horrible, pero la pongo para que me creáis 😅).
Debía estar de vacaciones o de baja, porque acesa hora se suponía que sus compañeros estarían pescando en las gélidas aguas del Océano Índico, entre nosotros y la Antártida.
Exultantes por haber visto ya uno, nos fuimos al Puente de Londres, otra de estas fantasías geológicas en la que, según Google es más probable ver los pingüinos 🤞(y las ballenas migrando en invierno 🐋 😍).
El arco que lo unía a tierra firme colapsó en 1990, pero sigue teniendo un encanto especial.
Habíamos subido tanto las espectativas que cuando volvió a llover, a medida que se acercaba el atardecer y el helador viento de la Antártida jugaba con nosotros, nos iban flaqueando las fuerzas.
Cuando el sol simplemente se rindió y desapareció entre las nubes sin despedirse siquiera con su despliegue de rojos por el horizonte, casi nos rendimos también. Con esta oscuridad creciente, la lluvia -el frío- y a esta distancia ¿qué probabilidades hay de que veamos...?
Esperad. Estaba diciéndole a Sam que había visto uno en un extremo de la playa cuando su padre nos llamó a voces desde el otro extremo.
Entre las olas había una familia o grupo entero pingüinos remoloneando un poco antes de salir del agua.
A pesar del frío y la lluvia era imposible no sentir alegría y una sensación de privilegio de estar contenplando estas aves inverosímiles bamboleándose tranquilamente hasta perderse en la hierba y la oscuridad.
Y ceder a la tentación de quedarse un minuto más para imaginarlos refugiándose en sus humildes nidos/agujeros entre la arena y la hierba.
Escribo esto en el autobús rumbo a Burgos, tras sobrevolar la mitad del planeta desde las antípodas para volver, bamboleándome yo también, a mi hogar.
Así que espero que mi familia venga a buscarnos a la estación 😜
No os voy a engañar, me ha costado pillarle el punto a Melbourne. Y eso a pesar del maravilloso comienzo con Obi y Simon recogiéndonos en el aeropuerto y llevándonos de paseo por su tranquilo barrio de Fitzroy. Pero es que ese barrio no parecía el mismo Melbourne que me encontré nada más salir de la estación de tren la segunda vez, con unos rascacielos abusones que no me dejaban ver mucho más allá y con poco tiempo para explorar la ciudad. Seguro que influye haberla visitado a trocitos.
La cosa empezó a cambiar cuando fuimos al barrio "hipster" de Brunswick, concretamente con los Margaritas de melón y sandía 🍸 🍉 que nos bebimos en el ático de un bar con unos amigos majísimos de Sam: Anna y Buz. Pusieron tanto cariño en enseñarnos sus rincones favoritos que daba gusto pasear con ellos. Además habíamos dejado los rascacielos a nuestras espaldas y nos hidratábamos bien en cada parada. Por ejemplo con unas cervecitas de gengibre 🍻🤭
Melbourne es una ciudad llena de graffitis y Brunswick un barrio estupendo para verlos. Por ejemplo esta versión del omnipresentes tranvía, "mejoradi" con un poco más de vegetación y algún que otro canguro.
Los rascacielos, a lo lejos y a nuestra espalda, también parecían haber encontrado su lugar y se lucían mejor.
La comida en casa de Anna y Buz con el resto de sus amigos se alargó hasta la cena, como debe de ser y fue una velada estupenda. Un inciso, en Ballarat Jenine, la madre de Sam, tuvo la paciencia de enseñarnos a preparar pasteles de carne. Lo de que tuviera que cocinarse 12 horas a fuego lento y luego deshilacharla con unas garras no me lo esperaba pero intentaremos repetirlo en España 😅
Los próximos días por el centro ya fuimos con más tiempo a los elegantes y relajados jardines de Carlton, un poco al estilo relajado del Retiro con el Palacio de exposiciones a un lado y justo detrás el museo de Melbourne (con un triceratops dentro!). En el otro lado está el primer rascacielos que me empezó a gustar.
En la zona de la plaza de la Federación, vimos la estupenda Galería Nacional y, no muy lejos el centro Ian Potter que ya os comenté. Melbourne no tiene nada tan icónico como la Ópera de Sydney, pero en las postales e imanes eligen el tranvía, el estadio (donde perdió la final el equipo local, los pobres) o la estación de tren de Flinders que se ve desde aquí. En mi opinión no se distingue tanto de edificios similares y queda como escondido en el bosque de rascacielos, pero os dejo que lo veáis y juzguéis vosotros mismos.
https://youtu.be/sOgxwOaA6Ds?si=jjgmchXDDb9ZidU1
La que sí que tiene un encanto indiscutible es la Biblioteca Estatal que, además tiene cuadros muy interesantes como uno de Melbourne pintado por Jan Senbergs, un inmigrante de Letonia llegado tras la Segunda Guerra Mundial, como tantos otros que revitalizaron y modernizaron la ciudad en esa época. Y además pillamos hasta mesa en la biblioteca 🤓
Como no me ha salido una foto del skyline completo, os hago una recopilación de rascacielos a ver cuál es el que más os gusta.
Una cosa sorprendente que se me olvidaba comentar es que Melbourne vive de espaldas al mar. Es casi imposible llegar andando desde el centro hasta el puero o la playa (nosotros lo intentamos paseando por el río Yarra, pero nada 😅).
Lo entendí mejor cuando sentí en mi piel el frescor del viento que llega de la Antártida, pero me sorprendía porque en el arte aborigen, a parte de otras alusiones al mar, se representan hasta ¡sirenas!
Pero el ingrediente secreto de la ciudad para mi son los músicos ambulantes, la banda sonora de cada plaza. Como en el flautista asiático del mercado que, a pesar del ajetreo correspondiente y los impersonales rascacielos iba impregnando de calma y elegancia el café para llevar que nos tomamos sentados en un banco antes de seguir nuestro camino.
En todo caso, el oro de Melbourne -como el de Ballarat- lo encontré escondido en las casas de la gente. Pasando por el cedazo esos momentos frente a la barbacoa en casa de Anna y Buz o amasando la base para los pasteles de carne con la madre de Sam. O los desayunos frente a la estantería de libros de Obi y Simon, o la cena en casa de Alicia con el mapa de la Lonely Planet sobre la mesa soñando con nuevos viajes.
A poco que uno se parase a mirar, el oro estaba allí, casi al alcance de la mano.
De si preparan o no el mejor café del mundo, de eso hablamos otro día 😜
Me estoy leyendo un libro que se titula "WARRA WARRA WAI. Cómo los indígenas australianos descubrieron al Capitán Cook y qué cuentan de la llegada de los Fantasmas".
Es fascinante comparar los diarios del Capitán Cook y su tripulación, con los testimonios aborígenes que han llegado a nuestros días. Por ejemplo, cómo los primeros pueblos que avistaron el barco antes de que desembarcara fueron haciendo señales de humo y enviando mensajeros a lo largo de la costa para avisar a sus vecinos. Vistos desde el barco, esos fuegos indicaron al menos la presencia de seres humanos en esas tierras (que por tanto no era Terra Nulius, no estaba deshabitada).
Cuando finalmente desembarcaron en 1770 en Botany Bay, la tribu Gweagal, avisada por las señales de humo, aunque pensaba que eran fantasmas (por las leyendas, el color pálido y el olor con el que bajarían del barco) activaron su "protocolo" cuando cualquier grupo quería pasar de un territorio a otro de otro grupo y enviaron a un adulto y a un niño a parlamentar con los "fantasmas". Hay un cuadro del escocés Sidney Parkinson, que supuestamente representa el momento, conla versión que los colonizadores han querido que fuera la oficial.
Aquí el "serenísimo" Capitán Cook refrena a sus hombres para que no disparen a los amenazadores aborígenes que aparecen borrosos al fondo con unas lanzas. La realidad parece ser que el propio Capitán Cook mandó disparar a los aborígenes, sin ataque previo, en su primer "encuentro" con ellos.
De hecho los disparos acabaron matando al único adulto que los "amenazaba" y que hoy sabemos que se llamaba Cooman y era el jefe de su tribu. Su tataranieta todavía está esperando que el Museo Británico le devuelva el escudo de su tatarabuelo. 18 años después de este desembarco, llegó la "Primera Flota" y ya empezó la colonización "en serio" en la zona donde posteriormente se asentaría la ciudad de Sidney, con muchas más muertes. Pero el primer asesinato fue ordenado por el Capitán Cook a los pocos minutos de que sus legendarias e inmaculadas botas pisaran la arena de la playa.
Tras este encuentro brutal, los cuadros pintados por los artistas de varias nacionalidades que migraron a Australia y sus descendientes siguen inicialmente la evolución del arte occidental del momento pero tratando de responder a dos preguntas. La primera sería cómo justificar la colonización y cómo definir lo "australiano" como diferente a la metrópoli (recordemos que el rey de Inglaterra sigue siendo también rey de Australia).
Un ejemplo de este intento de mitificar la colonización y crear una identidad australiana es el cuadro "El esquileo" que pintó el inglés Tom Roberts en 1890. Se pretende mostrar una idílica comunidad rural igualitaria en que cada uno tiene una función y nadie es más que nadie (el "jefe" de barba blanca y con gorro, está a la misma altura que los demás). Pero los aborígenes no están representados.
Otro ejemplo sería el tríptico "El pionero", pintado en 1904 por Frederik McCubbin en unas tierras que eran propuedad de un amo suyo que a su vez era el número dos de la empresa minera BHP. Aquí os locomoarto, poniendo debajo la "respuesta" fotográfica que me encontré en la magnífica Biblioteca Estatal de Melbourne, realizada por Yask Desai. Que cada uno haga sus propias reflexiones.
La otra pregunta que se hacen los artistas postcoloniales es cómo captar las particularidades del paisaje australiano. Según nuestra fantástica guía, entre otras cosas, les cuesta captar ese tono azulado del verde que aportan los omnipresentes eucaliptos. Por no hablar de cómo se representan los aborígenes en ese paisaje...
Pero podemos decir que no se logra del todo hasta que un artista aborigen, Albert Namatjira, coje los pinceles y pinta en 1949 su primer paisaje. A partir de su influencia y del redescubrimiento del arte indígena tradicional, poco a poco podemos empezar a hablar de un arte australiano propiamente dicho en el que se puedan expresar todos sus ciudadanos. Hay que recordar que el primer aborigen al que se le "concede" la ciudadanía australiana y consta en el censo es, precisamente Albert Namatjira dado el éxito de sus cuadros (!).
Termino con dos cuadros, un poco más actuales, del artista John Brack (desgraciadamente la mayoría de los cuadros expuestos han sido pintados por hombres) de 1954 y 1955.
El primero se titula "El bar" a las seis de la tarde, hora en la que tenían obligación de cerrar para que la gente volviera a sus hogares. El segundo se titula "Calle Collins a las cinco de la tarde. Dicen que es el favorito de los habitantes de Sydney porque representa a los de Melbourne como grises y aburridos (estas dos ciudades tienen entre sí un pique considerable 🤭).
Las únicas que se salvan un poco en el cuadro son las mujeres que también salen de trabajar a las cinco de la tarde y que pueden ser -por ehemplo- la aguerrida propietaria del bar que sonríe a las seis de la tarde porque por fin le toca a ella descansar.
También yo os dejo descansar a vosotros después de esta entrada, arropados por una de estas capas tradicionales hechas con pieles de Possum que se regalan a cada bebé recien nacido y a la que se van añadiendo pieles -tipo patchwork- a medida que se va haciendo adulto.
Y os dejo pensando en el tamaño de esta nueva piel, de estos doscientos años de arte postcolonial comparado con el resto de las pieles; con los 65.000 años de arte aborigen australiano.
Sea como fuere, que la capa del arte y la capacidad de expresarnos y de entendernos nos cubra a todos con un cálido abrazo.
Hola camaradas. Este blog pretende ser un anecdotario de mis viajes, los viajes de loli. Porque me gusta contar mis batallitas y me figuro que a vosotros leerlas. Espero que disfrutéis con ellas. ¡Un abrazo!