Tuesday, 4 October 2016

El cielo sobre el café de Pape

"Mientas la playa cubre las calles, las noches de Senegal y España se funden en el café de Pape"


Así tronaba la poderosa voz de Alga en el pequeño cibercafé que había construido nuestro amigo Pape en su modesto barrio de Dakar donde me acogía todo el tiempo que yo quisiese. Y yo quise quedarme mucho tiempo. Más todavía del que me quedé.

Porque Pape me abrió las puertas de todo lo que en África hasta entonces yo sólo había visto desde la ventana. Me empujó más y más adentro. Casi me obligaba a lavarme las manos a su manera. Y me decía "muy bien" después de cada cosa que hacía como si fuese un bebé al que acabasen de adoptar y hubiera que enseñarle absolutamente todo. Cómo se come con las manos del bol común y se espera hasta que mamá te ponga algunos trozos de pollo en tu zonita del bol de fronteras invisibles. Mamá sabe. 


Me enseñó a rezar. Me hizo rezar, para que supiera al menos lo que me estaba perdiendo o por si algún día quería convertirme. Y me llevó al pueblo de sus abuelos, a un ritual en el Baobab sagrado (mi baobab sagrado). Un viaje para el que tuvo que pedir permiso a los ancianos, hacer sacrificios y del que Pape se responsabilizó diciendo que yo ya era de la familia. De esta familia... 



Todo esto me habría sido imposible de creer a mi mismo antes de conocer la taranga senegalesa, su hospitalidad. Y no la conocí de verdad hasta que conocí a Pape.

Me presentó a todas las mujeres que conocía ya que -según él- todas estaban enamoradas de mi (qué tiempos!). Me dió la llave de sus lugares secretos. Él, al menos conmigo, era un sí a todo. Nunca fuera de África he vuelto a encontrar eso. Y hoy lo hecho tanto de menos que duele, aunque creo que me debería doler todavía más.

Si yo quería conocer a un luchador, él me lo presentaba. Si yo quería un griot, él encontraba a una. Y al cantar la fabulosa historia de la última princesa, coincidencias africanas que de nuevo no me las creería si no las hubiera vivido, acaba siendo de alguna forma familia de Pape y él se entera en directo y con música de fondo...

Si yo quiero que alguien me cuente cuentos alrededor de una hoguera, él enciende una para mi y las palabras danzan alrededor del fuego de un idioma a otro, y luego a otro y a otro hasta que yo me entero, y me río. Y entonces todos los niños ríen y todos quieren contarme otra historia. Y otra, y otra. Y esa noche, por suerte, no acaba nunca...


Nunca más me he vuelto a despertar rodeado de tanta gente. Casi diría abrazado a tanta gente. Nadie me lleva de la mano en medio de la multitud para que no me pierda. Ni me he vuelto a dormir sonriendo a la luna al ritmo de los tambores en una ciudad sagrada. 


Perdona Pape si no he estado a la altura de tu amistad. 

Si, como dice Ben Okri en el principio la calle fue un río, tú me enseñaste a caminar sobre sus aguas. 

Así que espero que ahora que puedes ir donde tú quieras, en algún momento echemos la vista al mismo cielo al que cantábamos desde tu café y una vez más, se fundan las noches de Senegal y España. 

Hasta siempre, amigo.


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